Especial Día Internacional de la Mujer - Mi historia, tu historia

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Decir que este artículo me fluyó fácil sería bastante insensato; la verdad es que lleva esperando muchos meses en una de las 400 mil carpetas de mi lap, guardado como se guardan las memorias que duelen cuando se recuerdan. Y ahora que lo pienso, la verdad es que digo meses porque solo hasta hace algunos decidí que era momento de contarlo, pero la realidad es que más bien tendría que decir años.

Sin embargo, este maravilloso despertar femenino me ha obligado a voltear a verme otra vez y a reconocer el camino andado, de la mano de una gran colaboradora y me atrevo a decir amiga: Tania Velázquez, quién en los últimos meses me ha acompañado en este increíble proceso de conciencia y responsabilidad. Amiga, gracias por darme las herramientas que me hacían falta para platicar mi historia. 

Muy probablemente tú me veas dando consejos de belleza, hablando de arrugas, cabello y manchas en la piel y pienses: ella qué va a saber, si está joven;  seguro jamás le han dicho fea o se han burlado de ella, ¿Cómo puede venir a decirme que está bien ser yo si nunca ha caminado con mis zapatos? Incluso puedes mirarme a los ojos y pensar que por haber elegido esta industria soy una mujer superficial y ya rayando en el juicio: hasta hueca, pero con este breve relato te darás cuenta de que tú y yo y muchas más, seguro tenemos más en común de lo que te imaginas.

Hoy no te voy a hablar de ácido hialurónico, baba de caracol, colágeno y todo eso que ya te sabes. Tampoco te voy a regañar por no usar protector solar ¡jaja! Te voy a contar quién soy y te prometo entenderás porque hoy peleo férreamente contra los estereotipos, porque no te ofrezco tintes o maquillaje que te oculten sino mascarillas que te hidraten la piel mientras te relajan el alma, porque te pido todos los días que te ames y te vivas como el gran amor de tu vida. 

Para ello, te tengo que presentar a la Miriam de hace aproximadamenteMiriam teen 15 años: la niña de los ojos tristes, una chamaquita fiestera, distraída (eso nunca se me quitó), divertida también pero profundamente triste. Era muy común que me vieras en cualquier antro de moda o en alguna fiesta de quien sabe quién, rodeada de gente, pero sintiéndome inmensamente sola; sí, después de haber bailado, cantado y claro que sí, bebido hasta casi la inconsciencia, llegaba a mi casa a llorar mientras me ponía la pijama. ¿Por? Sencillo, no me gustaba una fibra de mi ser, de mi reflejo, de mi cuerpo, de mi cara y hasta dudaba de mis pensamientos. ¡Es normal! Me dirán, ¡Eras una niña! (ya están haciendo sus cuentas seguro ¡jaja!) y tal vez sentirse confundido en la “aborrescencia” lo es, sin duda, pero no es normal cuando tienes 16 años y tu mamá ya fue a recogerte al hospital porque se te pasaron las copas, no es normal cuando no encuentras tu lugar en ningún lado y brincas de lado a lado tratando de encontrar un poquito de amor o de aceptación, y no me mal entiendan, esto nada tiene que ver con mi mamá o mi papá porque sé que normalmente le echamos la culpa a quienes también estaban aprendiendo a ser padres, por ejemplo, y muchas veces aprendiendo también sobre sí mismos.

Esto es enteramente mío, la responsabilidad de la que les hablo es de esa que descubres cuando le das a la víctima el abrazo que busca, abrazo que solo es realmente reconfortante cuando viene de ti, no de personas tapón que crees sábila pero resultan veneno, las que escoges desde la carencia y el vacío que nunca llenan, no porque no quieran, sino porque ellas mismas tienen los propios, cómo pedirles que te ayuden cuando ellos tampoco saben hacerlo consigo mismas. ¿De qué hablas Miri? Por supuesto que, en este andar, esa falta de amor propio me hacía elegir también relaciones producto de mi propio reflejo, para mí amar significaba sufrir; el típico te amo, pero te odio, pero déjame, ven, ¡no! ¡Suéltame! el que te oprime el pecho y te mata de angustia, que apaga tu mirada y te tira el pelo.

Y hablando de pelo, si supieran las veces que me teñí el cabello hasta casi quedarme pelona, no me gustaba ni tantito, odiaba que tenía mucho, que si era negro, que si no se acomodaba, que si se esponjaba, el punto es que lo detestaba, pero como iba a gustarme si no había nada de mí que lo hiciera.

De ahí me pasaba al maquillaje, ¡Ah como me encantaba ocultar cada centímetro de mí con él! Sombra, delineador, corrector, base ¡Qué me borre todo!....¿Ya me expliqué? Mis múltiples cambios de look no se debían a una personalidad audaz y atrevida, mis pelos rojos en preparatoria no eran más que otro intento más por ser vista, nada que ver con esas mujeres guapísimas con pelazo de color y risa contagiosa. Lo mío era un disfraz; uno muy serio, por cierto, tenía los dientes tan chuecos que no había poder humano que me hiciera sonreír para ninguna foto. Hasta que un día, me tocaba retocar las raíces del poco cabello que me quedaba y una tía me dijo: yo te lo pinto, ven y ¡zaz! ¡Hola Miri! Tanto tiempo sin verte; me lo tiñó de mi color… ¿Me enojé? ¡Cero! ¿Saben que dije? Oyeeee, que increíble se me ve ese color, ¡Punto para mi tía! Me devolvió un poquito de amor sin darse cuenta.

Ese, ese fue el primer paso hacia el resto de mi vida, los años pasaban y poco a poco recogía los pedacitos, el vacío no se había ido por supuesto, ¡cómo! si con pintarse el pelo no se llenan los espacios; me dejé en paz la melena y cambié de maquillaje pero encontré un nuevo enemigo: mi cuerpo, un día decidí que estaba gorda, para entonces había dejado de fumar y sí, había subido algunos kilitos pero nada que no fuera solucionable, pero para mí era otro pretexto más para “entender” por qué no merecía vivir en paz, porque si estuviera más flaca y más bonita seguro también podría estar en una relación en donde me sintiera completa, amada y valiosa, pero como no, pues que fortuna la mía que siquiera me volteen a ver; y entonces empezó el verdadero túnel que me llevó a tocar fondo, un ir y venir con la comida, el espejo y las tallas que me llevaron a pesar 38 kilos y seguir creyendo que necesitaba seguir bajando de peso, ignorando por completo que la agresión hacía mí misma era ya tan fuerte que mi vida estaba en peligro. La verdad aún no descifro como me llegó la consciencia, supongo que cuando caes tanto ya no hay otra más que ver para arriba. Un viernes, porque recuerdo muy bien el día, me vi en el espejo y no pude ver nada de mí, me había desdibujado tanto que tampoco me quedaba ya ningún disfraz que pudiera ocultar mi caída libre, así que agarré mis 38 kilos, mis miedos, mi tristeza y me senté a enfrentarlo todo en un sillón color rojo en mi primera sesión de psicoanálisis. Ahí descubrí que estaba bien pedir ayuda pero que mi gran héroe era y siempre había sido yo, estaba detrás de la víctima de la que les hablaba líneas arriba.

miri actulHoy a casi 7 años después de haberme rescatado, de haberme quitado las capas de maquillaje como se quitan los temores; me veo en el espejo y me encanta lo que veo, me encantan mis nuevos 50 kilos que no son ni por asomo significado de sobrepeso, pero sí de haber ganado la batalla, de estar viva y sentirme sana.  Me siento infinitamente cómoda con la cara lavada, la sonrisa con brackets y el pelo, el pelo ahora me gusta tanto que ¡tengo hasta un shampoo con mi cara en la etiqueta! Entendí pues que estaba bien SER YO. Con toda honestidad puedo decirles que sólo cuando cambié mi interior encontré y comprendí que el amor no duele, y si duele, no es amor. Encontré mi relación llena de admiración y confianza, fundé Kirei con un solo objetivo muy claro: que ninguna otra mujer se sintiera como yo alguna vez me sentí, que no viera en ella las múltiples cosas que “debe” cambiar sino todo lo que puede resaltar, que se sienta cómoda y segura en su propia piel.  ¿Qué cambió? El respeto, sí, el respeto que no me tenía porque me era muy fácil decirme “gorda” o “fea”, palabras que normalmente no le diría a nadie más, pero eran mis adjetivos diarios cuando de hablar de mí se trataba. Ahora, te pregunto a ti lo mismo, si tú tampoco lo harías, ¿Por qué sí te lo dices a ti misma?

Puedo decirles también que no fue fácil hacerme responsable de mí, que ponerme cara a cara con mis mayores miedos ha sido lo más valiente que he hecho en mi vida, ahí frente a mí, sin disfraces ni escudos, completamente vulnerable encontré le decisión y la constancia que había estado postergando, pero sobre todo tuve el valor de voltear a ver mi pasado ya no con vergüenza sino con amor y agradecimiento, porque cada uno de los pasos caminados tuvieron un poquito de enseñanza.

Ahora, ¿Por qué te cuento esto? Porque en las últimas semanas he leído y escuchado miles de historias que se asemejan mucho a la mía, somos tantas que ya no podemos permanecer sordas o mudas, te lo platico pues ahora que has tomado la decisión de pelear por ti, -es necesario que sepas que no será fácil cambiarlo todo, pero ¿Sabes algo? Valdrá la pena, valdrán la pena todos los “estás gorda” que ya no te vas a decir y los “te hace falta” que vas a ignorar. Te vas a querer tanto que te vas encargar de presumirte por todos lados, te vas a maquillar no porque te quieras ocultar, sino porque te encantan tus pestañas con rímel, te vas pintar el cabello porque te fascina como te ves con ese balayage y lo más importante: vas a cuidar de ti y a respetarte tanto que no vas a permitir que absolutamente nada ni nadie te diga que no vales, que no mereces o que no importas, porque habrás comprendido también que quien te ama no te lastima.

¡Feliz día de la mujer!

¡Cuídate Kireifan! Tú eres todo lo que tienes; es tu derecho y responsabilidad proteger al ser más importante de tu vida: tú misma.

 

 
Miriam Marín Salgado
Kirei Woman Beauty
FOUNDER
Citas:722 570 6710
Facebook: @MiriamMarin / Youtube: @MiriKirei
Instagram: @mirikirei


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